SEPTIEMBRE ENSAYA SUS NÚMEROS

Jérôme Seregni

Se supone que la fatalidad de un hombre se hace camino no fuera de los cruces de una fecha escrita en registros que existen para grabar el censo o la historia (y creemos que semejantes documentos son más próximos a un dictamen moral que no a la simple información burocrática de la presencia humana).

Así es entonces que si en un 11 de “Septiembre” de 1891 para un tal Antero de Quental (poeta portugués) dos balazos hayan producido una respuesta a una conciencia, primero, y la decisión del propio fin, después; no debería ser casual que al día siguiente del mismo mes (pero en otro siglo) se le antoje a los misteriosos orígenes metafísicos (o a una ley biológica) organizar mi nacimiento, es decir, el día de mi vida que menos debería recordar.

– Números condicionados por una sucesión jerárquica y/o cronológica, números en sí determinados por una estrecha disposición de heterogeneidad. Números que nos colocan propiamente, que nos sitúan en el tiempo y en el espacio, que nos condicionan. Números éticos. Que estipulan, que juzgan, que cuestan.

El mes es idéntico. Pocos son los días sucesivos. Un 29 nace Miguel de Unamuno, alumno cristiano del mismo Quental y de Chateaubriand, patriarca del Romanticismo (llamemos así a esta época, porque hay que aprender lo que se lee aprendiendo, una “humanidad más que una fecha”), que nace casi con idéntica ley de fatalidad, un 4 de “Septiembre”.  

– Tendremos que abdicar a la fantástica teoría de una lógica estética. El número en su propia belleza no se divierte.

Aquella lenta Marcha Fúnebre del maestro Chopin alcanzó sus límites de composición en un “Septiembre” de 1837, y su último compás parece haber acompañado en su fama aquél otro maestro, Niccolò Paganini, cuando con error se difundió la noticia de su temprana muerte un 12 de “Septiembre” de 1835.

– Y sin embargo ustedes, nosotros, yo, somos números, es decir, lo somos. Sentimos que lo somos, y no por un deber impuesto, no porque aprendemos a serlo, sino porque sabemos que si seguimos la línea de un círculo, ésta no se enderezará jamás, y lo sabemos por lógica, así como Leibniz lo descubrió en “Septiembre” del 1676 como “verdadera arte de inventar”, de aprender a conocer, de aprender con el ejercicio que es, en su significado original, ascetismo; de llegar a una matematización universal que nos pueda acercar a Dios. Porque cuando morimos nos despedimos del mundo con un adiós, un a-Dios, un hacia Él. Nuestro último a-diós es una bienvenida a Dios y a nuestro yo más íntimo. En efecto, en el diptongo que afecta la palabra Dios, aparece un yo sujeto colocado en el interior de un infinito, situado (entre) ese tetragrama prohibido, encerrado en sus límites gramaticalmente lógicos de una ilógica certeza.

Un 14 de “Septiembre” de 1321, cayendo como un cuerpo muerto cae, Dante abandona este planeta dejando una fama irreversible pero no encontrando quizás en el más allá ni su paraiso ni su Beatrice. Y allí su Comedia, ya desdivinizada, no sería acaso más que otro acúmulo de páginas sucesivas y jamás posiblemente leídas.

– ¿Por qué todo número se distancia para volver luego a su sitio, a su dependencia de lo anterior y de lo posterior? El 12 depende del 11 y del 13 y éstos a su vez de todos sus vecinos (que por cierto desconocen la acción de mudarse). Yo soy el 12 y el mes es ahora el noveno, pero en sus días fue el séptimo, y acertamos que 12 ha sido el mismo sea para las tablas de Pitágoras que para las de cualquier profesor de matemáticas, que su proceso fue idéntico pero no así su fin: difiere el 12 grabado sobre una página de un libro del de un 12 en un calendario; testigos ambos de sucesión pero no de significado.

Números. En nuestra cosmogonía toda cifra es un presagio. Aprendimos por eso que 63 es seis veces diez y una vez tres, o veinte veces cinco y una vez tres, o una vez cuarenta y uno, una vez diecisiete y una vez cinco, y lo sigue siendo para cualquier pizarra.

De alguna manera creo que los hombres se explican a través de los números, que los cálculos acumulan en cada fecha una simultaneidad de acontecimientos: nacer – amar – aprender – morir. Aludiendo al “principia individuationis” medieval, creo en fin que al no repetirse, el número se sobrepone o vuelve a su inquietud. Es un ideal. Es lo que deja el tiempo y lo que el tiempo deja.


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