DE ARTE DUBITANDIS

Jérôme Seregni

Facultad de las Artes, Universidad de París, año 1270.

En el nombre de la razón algunas tesis sedicentes escandalizarán a los teólogos cristianos. Un nuevo Dios entrará en las corrientes filosóficas. Un Dios semigriego/semiárabe. La reacción, por más que inútil e improductiva, no iba a tardar. El Papa Juan XXI (pensador fiel a San Agustín cuyo nombre fuera de la historia vaticana resulta ser Pietro Ispano) en colaboración con un tal Stefano Tempier, decretan el 18 de enero de 1277 una condena a 219 tesis. Número excesivo si se cree en realidad que es una sola la teoría peligrosa: “la doble verdad”. Los culpables; entre otros, llevan el atrevimiento de llamarse Avicenna y Averroé, “interpretes” aristotélicos.

Imaginemos ahora a Aristóteles, ya difunto y eternizado, sentirse la causa principal e indirecta de una futura teología. La Edad Media entera lo acusa y lo protege.

Así es pues que este griego parece haber arrastrado siglos de debates tras su nombre: la crisis intelectual y religiosa de la Reforma, las corrientes escépticas, los ataques a la “Regula fidei” y a los dogmatismos de la Iglesia, y sobre todo, el fuerte enfrentamiento entre los teóricos del escepticismo académico/socrático y los pirronianos o “nouveaux pyrrhoniens” del Quinientos, de donde las discrepancias entre lo que nada es cierto y lo que nuestros juicios pueden llegar a admitir, valuar o suspender.

Aristóteles es “el padre de los ateos y de los fanáticos”, llegó a decir Omar Talon.  

Dios no puede de repente construir un infinito. Debería haber multiplicado en cambio, una sucesión de procesos. Su omnipotencia debería admitir anular su propia omnipotencia. Se acepta pues que Él pueda enfermarse, que llueva, que las rosas tengan espinas y que seamos todos hijos imperfectos de Caín. Se tolera también entonces que Aristóteles sea menos un filósofo que un pecador, y nosotros, sucesores, más filósofos que pecadores.

Pero si en este tenso clima sus intenciones y sus doctrinas no hubieran tenido semejantes consecuencias y adivinanzas, ¿qué hombre estudiaríamos hoy? Tal vez un simple mensajero de revelaciones, un incauto soñador y no el depositario de un ateismo, de un incomprensible cuanto irresponsable progreso.

Me es casi imposible negar su similitud con la de Cristoforo Colombo, otro profeta inexistente y “mal interpretado”, un castigo para los homenajes. Sin su América robada, seríamos nosotros hoy el destino de otra dimensión, de otro nivel de pensamiento, de otros grados.

Es curioso creer que Dios nos haya conducido exactamente por ese camino, por esta historia. Su instinto, su voluntad, o acaso algo diferente de lo que podemos suponer, la llamamos fe. Yo la llamaría muerte. Un largo sendero de tragedias colonizó nuestras culturas. De escándalos, paradojas y hechos inadmisibles. De Don Quijotes, de Sócrates, de Hamlets, de Thomas Moore. Las circunstancias, por más que atroces y dañosas, ocurren porque Dios así las quiso. La libertad es la sensación de algo que nos fue expropiado. Es un robo. Decidimos la elección, no la estadía. Aristóteles eligió pensar, pero el pensamiento ya estaba en él, en él ya estaba lo que el futuro diría. La interpretación no es un don adquirido, es una designación, algo que nos atiende pacientemente, bruscamente. Relacionarla con una hipérbole acumulativa de invenciones e hipótesis no es injusto, menos es creer que intoleramos lo sagrado de un individuo en su soledad íntima y analítica; y por más que nos parezca inexplicable, sabemos que es necesario; el hecho de crear se une con una fuerte causa: la responsabilidad del juicio. Crear es ser juzgados. Una soledad mística. Un no poder replicar. La fábula de la creación como egocentrismo divino, y Dios bien lo sabe, que aquí estamos para que de Él hablemos. Levinas y Buber hubieran dicho, para que con Él hablemos. Porque un yo es fundamental sólo cuando es atendido por un tú esencial. Pero ese tú tiene que ser infinito, y dicen que infinito es no sólo lo que no acaba, sino también la nostalgia de algo más grande que nosotros. Echamos de menos ese tú no presente, el dios de la falta, del silencio. Calla siempre lo que esperamos, y esperar es apelar, evocar con desesperación un rostro “interpretado”, casi una invocación, una palabra, un simulacro. El beso faltante es el beso más grande y Ronsard decía “Dios, creando rosas, creó tu rostro”.


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